LA NOCHE MÁS LARGA

Juan Varela Álvarez
CMA España

El final de los años setenta fue la última etapa de la filosofía hippie: "Haz el amor y no la guerra", "El LSD y la marihuana te harán libres", etc. Todo ese ambiente de comunas y jóvenes viviendo en "libertad" me embrujaba, y así fue como empecé a fumar los primeros porros: era algo diferente, y por aquel entonces la droga iba disfrazada de una filosofía hedonista y a la vez contestataria que aún no había mostrado su faceta más dura. Por eso mis primeras experiencias con la droga no fueron consecuencia de una familia destrozada, o del paro, o de la falta de futuro y motivaciones... No, mis primeras experiencias asociaban la droga con un estilo de vida; pero los sueños de "un mundo feliz", poco a poco se fueron disipando y la droga comenzó a enseñarme sus dientes; llegó entonces la cocaína y la heroína. Fue como caer de repente en un pozo, todo muy rápido...

UN MUCHACHO ASUSTADO CON MUCHA NECESIDAD

Aquel joven desencantado al que la vida había engañado volvía a casa cada noche, su aspecto era de duro, y su indumentaria agresiva, pero cuando se quitaba la cazadora de cuero y las botas, aparecía su verdadera identidad: era sólo un muchacho asustado con una gran necesidad de amor y comprensión. Recuerdo noches donde la soledad se hacía tan real que casi podía tocarla, noches desesperadas de no creer que la vida fuese sólo eso. A veces soñaba y en mis sueños veía un valle hermoso donde todo estaba en orden y yo en paz conmigo mismo, disfrutando. Cuando me despertaba y comprobaba que mi realidad seguía siendo la mentira, el robo, el sufrimiento por llevar ese tipo de vida; entonces me echaba a llorar. Mi situación era realmente desesperada. Fue una época oscura, ahora recordada con tristeza por los años perdidos, pero también con nostalgia, pues no todo fue negativo. Al final, tuve la valentía de quitarme la cazadora de cuero y mirar al interior.

MIRANDO AL INTERIOR (LA REALIDAD)

Fue en el verano de 1988 cuando sucedió. Ellos venían de un pequeño país del norte de Europa, y sin yo saberlo, iban a ser instrumentos usados por Dios para traer libertad a mi vida. Mis primos estudiaban teología y pertenecían a esa rama de renegados católicos que se llamaban protestantes. A mí no me iba su rollo, pues la idea que yo tenía de Cristo se mezclaba en mi mente con la enseñanza del catecismo y el ambiente católico en el que había crecido. Me habían inculcado una imagen distorsionada, de modo que asociaba todo lo referente a religión y a Cristo con prohibiciones y penitencias, con silencio y oscuridad, con olor a incienso y beatas de rosario. El Dios que me habían vendido era lejano y severo, yo lo temía.

Fue un verano caluroso aquel de 1988, incluso para Asturias, mi tierra. Recuerdo a mi primo llegar a la granja empapado en sudor a hablarme de "su" Cristo. La granja estaba en la montaña; pertenecía a mi hermano, y por aquel tiempo yo era su único habitante. Estaba allí con el propósito de dejar la droga una vez más (lo había intentado muchas veces, pero sin resultado). Cuando él llegaba para hablarme del evangelio, sus palabras tenían algo mágico, me calmaban y eran como un bálsamo a mis heridas. El Dios que me estaban presentando era muy distinto al que yo creía conocer, este Cristo era alguien cercano y amable, alguien familiar que me extendía la mano para llevarme a casa.

LA LIBERTAD QUE ANSIABA ESTABA EN CADA PALABRA QUE OÍA

Entonces tenía veintiséis años. Durante aquella semana me explicaron el evangelio con detalle, yo bebía cada palabra y me daba cuenta de que Cristo era la libertad que tan desesperadamente buscaba por otros caminos. Pero el evangelio tiene un final, y después exige un compromiso; no puedes quedarte indiferente, o lo abrazas o lo rechazas, pero debes tomar partido. Recuerdo que tenía mucho miedo, pues aunque sabía que allí estaba la verdad, no me sentía a la altura de lo que se me exigía, tenía miedo de fallar, no tenía confianza en mí mismo y creía que sólo contaba con mis propias fuerzas. Así que le dije a mi primo que me dejara tiempo para tomar una decisión, que era algo muy importante y no podía actuar a la ligera... en realidad sólo era una excusa para ganar tiempo, pues yo no quería tomar una decisión, me aterraba el compromiso.

Pero Dios tenía otros planes para mí, mi primo me dijo que tenía que tomar una determinación esa misma noche, él se iba a Bélgica y no quería dejarme sin saber por qué camino había decidido encaminar mi vida. Sin duda que aquella noche fue muy larga.

LA NOCHE MÁS LARGA (EL MILAGRO)

Hacía calor aquel verano de 1988, incluso allí, bajo las estrellas en aquella granja escondida de la montaña. Yo estaba sudando, a veces se tiembla de miedo, pero yo estaba sudando y no sólo por la temperatura de la noche, ¿Y si es todo una mentira?, ¿Y si vuelves a la droga una vez que ellos se vayan?, esas preguntas y dudas martilleaban mi cabeza insistentemente, yo no quería comprometerme, tenía miedo, no me sentía capaz, ¿Por qué tenía que definirme?

El tiempo pasaba lento, también él parecía cansado, la película de mi vida pasaba por mi mente, mis recuerdos de la infancia, mis fantasías, la dura realidad de mi adolescencia y juventud... Entonces hice algo, algo decisivo que me ayudó a poner las cosas en su sitio, me imaginé una balanza de esas con dos platillos a cada lado; en uno puse todo lo que yo había recibido del mundo en veintiséis años de vida, y comprobé que tenía que ver con soledad y frustración; en el otro platillo puse tan sólo una semana de lo que yo había escuchado acerca del evangelio; tenía que ver con compañía y esperanza. Entonces lo vi claro, pues con sólo una semana conociendo de Cristo y su amor se inclinaba la balanza a favor suyo, contra veintiséis años de vida sin Él.

Aquella noche, el ocho de septiembre de 1988, entregué mi vida a Cristo con plena conciencia del paso que daba y del compromiso que adquiría. Tuve el coraje de pedirle que guiara mi vida y la valentía de renunciar a la que había llevado hasta ese momento. ¡Entonces no podía ni imaginarme lo que Dios iba a hacer conmigo! Pocos meses después, me bauticé y me regalaron un cuadro bordado con el versículo de 2ª Corintios 5,17 que aún sigo recordando como un versículo clave en mi vida: "Quien vive en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y una nueva realidad está presente".


¡A ÉL SEA LA GLORIA!